Archivo de 30/03/08

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La increible historia del Dr. Martin

Marzo 30, 2008

Cuando el Dr. Martín era joven alumno de la escuela de medicina, estaba profundamente convencido de la estupidez que suponía llenar el mundo de enfermos incurables y seres inválidos. Defendía ardientemente la eutanasia y acostumbraba a discutir esos temas con sus compañeros de clase.

-Pero si esa es precisamente nuestra misión -le contestaban- estamos aquí para cuidar del cojo, el lisiado y el ciego.

-La misión del médico -replicaba siempre Martín- es sanar a los enfermos, y si no existe remedio, lo mejor es que mueran.

Ya cursaba el último año de estudios cuando, cumpliendo sus deberes fuera del hospital, asistió en un barrio pobre de la ciudad al alumbramiento de una inmigrante alemana. Era el décimo chiquillo que la mujer traía al mundo y había nacido con una pierna bastante más corta que la otra. La fuerza de la costumbre hizo al médico soplar en la boca de la criaturita para iniciar la respiración, pero un momento después pensó: “¡Qué demonios! Está condenado a caminar toda la vida con su desdichada pierna. Los otros chicos le llamarán Pata-corta. ¿Para qué hacerle vivir? El mundo no lo necesita para nada”.

Sin embargo, su instinto de médico era muy fuerte y no le permitió abandonar aquel par de pulmoncitos cuyo funcionamiento había que iniciar. Volvió a la tarea. Por fin llegó el soplo de aliento que esperaba, se coloreó la cara del nene y un débil vagido salió de sus labios.

El médico recoge su estuche y se marcha. Mientras atraviesa la ciudad se va haciendo reproches. “¡No sé por qué lo he hecho!… ¡Ya hay demasiados chiquillos en esa miserable casa! ¿Por qué he salvado a esta criatura imposibilitada? El mundo estaría mejor sin la carga de los inválidos”.

Pasaron los años. El doctor se estableció en una pequeña población fabril donde se creó gran clientela. Su radicalismo juvenil, se había desvanecido y él mismo no era ya más que otro médico laborioso y siempre fatigado que trabajaba como un burro para que la gente siguiese viviendo, aun cuando fuese mejor que se muriera. El viejo Hipócrates había ganado la partida.

No se libró el doctor de su carga de penas. Su único hijo y su nuera murieron en un accidente de automóvil, dejando una niñita de cuya crianza tuvo que encargarse. Aquella nievecita era su adoración. El verano que cumplió los diez años, Ana despertó una mañana quejándose de rigidez del cuello y extraños dolores en brazos y piernas.

Al principio pensaron que era parálisis infantil, pero resultó ser una infección virulenta tan poco frecuente que sólo ha merecido breves referencias en los tratados médicos. En toda su larga práctica profesional, el propio Dr. Martín no había encontrado un solo caso de aquel mal. Consultó a especialistas neurólogos que movieron la cabeza con desaliento y dijeron que no se conocía remedio para la enfermedad, cuyos progresos eran lentos, pero acababa siempre en parálisis de mayor o menor grado.

-Sin embargo, hay un médico joven en el Oeste -dijo al doctor uno de los especialistas- que ha escrito recientemente un artículo sobre los éxitos obtenidos por él en algunos casos de esta enfermedad. Se llama T. J. Méndez. Si yo me encontrase en la situación de usted, iría a verlo.

El doctor voló con Ana a la pequeña clínica particular donde el Dr. Méndez había puesto en práctica el nuevo y revolucionario tratamiento terapéutico para los varios tipos de enfermedades que causan lesión. El Dr. Martín observó que su colega cojeaba pronunciadamente.

-Esta pierna corta me coloca entre el grupo de los lisiados -dijo el Dr. Méndez al observar la mirada de su visitante-. Los chicos me llaman Pata-corta. Yo se lo permito y a ellos les encanta. La verdad es que me gusta más que mi verdadero nombre, Tadeo, que siempre me ha parecido un poco ceremonioso. Como a muchos chiquillos, me pusieron el nombre del joven estudiante de medicina que me trajo al mundo.

El Dr. Tadeo Martín tragó saliva, recordando que en aquella ocasión se había dicho a sí mismo: “El mundo no lo necesita para nada”.

Alargó la mano al médico cuya ciencia haría posible que Ana volviese a caminar, y dijo:

-Es mejor ser lisiado que ciego.

Autor Desconocido
Extraido de San Miguel. org ar


El peor de los defectos es la CEGUERA DEL ALMA. Cuando los ojos del alma se niegan a ver, se nos cierran las puertas, se nos cuelgan carteles de “no funciona” en las entradas a la felicidad y la autorredencion, esa virtud tan personal del mundo como el propio libre albedrio, sale de paseo de nuestra vida para no volver a encontrar el camino de retorno.

Las cosas suceden por un proposito. El Proposito es lo mas importante de todo. Y ese Proposito mueve al mundo, sea cual fuere. En esencia es el Amor. No se puede negar al Amor la entrada al mundo, sea de quien fuere. El Amor mueve al mundo, lo llena de color y perdon, abre las puertas cerradas por el egoismo y los prejuicios.

El Proposito visible a los ojos del alma es como la fuente de la eterna juventud, el vellocino de oro, el camino a El Dorado, la piedra filosofal, el Santo Grial, la quintaesencia del permanecer en la tierra.

Es interesante cerrar los ojos del cuerpo para abrir los ojos del alma de vez en cuando. Al cerrar los ojos todo se vuelve igual y me olvido de mi propia existencia para fusionarme en una obscuridad irreal pero igualatoria con el entorno. Y toda diferencia desaparece.

Lo importante siempre es ver con los ojos del alma…

(…perdon si molesto…)

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Lo mas importante que he hecho en mi vida…

Marzo 30, 2008

En cierta ocasión, durante una charla que di ante un grupo de profesionales, me hicieron esta pregunta:

- “¿Qué es lo más importante que ha hecho en su vida?”.

En mi calidad de ingeniero en Sistemas, sabia que los asistentes deseaban escuchar anécdotas sobre mí trabajo, entonces les respondí:

- Lo más importante que he hecho en la vida, tuvo lugar el 9 de Mayo de 2000…

Comencé el día jugando tenis con un amigo al que no había visto en mucho tiempo. Entre jugada y jugada me contó que su esposa y él acababan de tener un bebé. Mientras jugábamos, llegó el padre de mi amigo, que consternado, le dijo que al bebé se lo habían llevado de urgencia al hospital. En un instante, mí amigo se subió al auto de su padre y se marcho. Yo, por un momento, me quedé donde estaba, sin saber que debía hacer.

¿Seguir a mí amigo al hospital? Mí presencia allí, me dije, no iba a servir de nada, pues la criatura estará al cuidado de médicos y enfermeras, y nada de lo que yo hiciera o dijera iba a cambiar las cosas.

¿Brindarle mi apoyo moral? Eso, quizás, pero tanto él como su esposa provenían de familias numerosas, y sin duda estarían rodeados de parientes, que les ofrecerían el apoyo necesario. Lo único que haría yo sería estorbar.

Así que decidí ir mas tarde al hospital a visitar a mi amigo.

Al poner en marcha mi auto, me percaté que mi amigo había dejado su camioneta con las llaves puestas, estacionada junto a las canchas. Decidí pues, cerrar el auto e ir al hospital a entregarle las llaves. Como supuse, la sala de espera estaba llena de familiares. No tardo en presentarse un médico, que se acercó a la pareja y, en voz baja les comunicó que su bebe había fallecido.

Los padres se abrazaron y lloraron, mientras todos los demás los rodeamos en medio del silencio y el dolor. Al verme mi amigo, se refugió en mis brazos y me dijo:

- “Gracias por estar aquí.”

Durante el resto de la mañana permanecí sentado en la sala de urgencias del hospital viendo a mi amigo y a su esposa sostener en brazos a su bebe y despedirse de él.

Esto, es lo más importante que he hecho en mí vida, y aquella experiencia me dejo tres enseñanzas:

Primera: lo más importante que he hecho en la vida, ocurrió cuando no había absolutamente nada que yo pudiera hacer.
Nada de lo racional que aprendí en la universidad, ni en el ejercicio de mi profesión, me sirvió en tales circunstancias. A dos personas les sobrevino una desgracia y lo único que pude hacer fue acompañarlos y esperar; pero estar allí, era lo principal…

Segunda: aprendí que al aprender a pensar, casi me olvido de sentir.

Tercera: aprendí que la vida puede cambiar en un instante. Así pues, hacemos planes y concebimos nuestro futuro como algo real, y olvidamos que perder el empleo, sufrir una enfermedad grave o un accidente y muchas otras cosas más, pueden alterar ese futuro en un abrir y cerrar de ojos.

Desde aquel día, busqué un equilibrio entre el trabajo y la vida; aprendí que ningún empleo compensa perderse unas vacaciones, romper con la pareja o pasar un día festivo lejos de la familia. Y aprendí que lo más importante en la vida, no es ganar dinero, ni ascender en la escala social, ni recibir honores…

Lo más importante en la vida, es el tiempo que dedicamos a cultivar una amistad.


POR ESO A DIOS LE AGRADEZCO:

* Por mis hijos que NO limpian sus cuartos, pero están viendo la tele, porque significa que están en casa y no en las calles.

* Por los rebajos en mi sueldo, porque significa que estoy trabajando.

* Por el desorden que tengo que limpiar después de una fiesta, porque significa que estuvimos rodeados de seres queridos.

* Por las ropas que me quedan un poco ajustadas, porque significa que tengo más que suficiente para comer.

* Por mi sombra que me ve trabajar, porque significa que puedo salir al sol.

* Por el césped que tengo que cortar, ventanas que necesito limpiar, cañerías que arreglar, porque significa que tengo una casa.

* Por las quejas que escucho acerca del gobierno, porque significa que tenemos libertad de expresión.

* Porque no encuentro estacionamiento, esto significa que tengo auto.

* Por los gritos de los chicos, porque significa que puedo oír.

* Por la ropa que tengo que lavar y planchar, porque significa que me puedo vestir.

* Por el cansancio al final del día, porque significa que fui capaz de trabajar duro.

* Por el despertador que suena temprano todas las mañanas, porque significa que ¡¡Estoy vivo!!.

* y finalmente, por la cantidad de mensajes que recibo, porque significa que tengo amigas y amigos que piensan en mí…

Autor Anonimo
Gracias mi querido Marco

La Gratitud es enorme. La Gratitud es la enorme llave que abre las puertas del paraiso de la felicidad. Porque quien es grato y reconoce lo que tiene, sin renunciar a aspirar a mas sino convencido de que lo que tiene es la base de su felicidad y lo que aspira es su motor en la tierra, y que santifica con su gratitud cada segundo de su vida, es realmente un Maestro.

Cuesta agradecer la aparente desgracia. Pero en la aparente desgracia se halla la gracia de ejercer la tolerancia, el perdon y la fe. En la carencia esta el conocimiento implicito de lo que se posee. Y en el desamparo esta la virtud de reconocer que existen hombros que buscar, corazones que golpear o puertas que abrir.

Gracias por leerme. Gracias si dejas un comentario. Gracias si no lo haces. Gracias si compartis con otros este relato. Gracias si te sirvio para algo. Gracias porque estas ahi aunque no te conozca. Gracias por todo…

(…perdon si molesto…)