Cuando oigo por ahí, mas frecuentemente de lo que me cabria esperar, que probablemente este perdiendo la razón o la cordura por dedicarme a escribir en vez de hacer lo que la gente dice que debo hacer, o cuando ven mi pelo largo atado en una cola que poco condice con el modelo social de neurocirujano o neuropsicologo y murmuran por lo bajo, recuerdo lo que me costó llegar a aceptar ciertas cosas del entorno con tolerancia y respeto, justamente los mismos valores que no tienen conmigo quienes me trituran con sus criticas.
Infundadas o no, pueden preocuparme o afectarme según el dia que sea. Pero hoy, mientras escribo estas líneas, más que hacer mella en mi rebelde espíritu provocador (que al fin y al cabo es el que motiva esas actitudes cuestionadas aunque no cuestionables), me inspiran a desangrar mi alma en el papel con mucha convicción y renovadas fuerzas en reconocer que mi actitud ante la vida es, justamente en su extravagancia, un síntoma de normalidad.
Aprendí con el correr de los años y en estos últimos meses especialmente, que la gente habla (como siempre digo) porque en este país aún no se cobra impuesto al aire, ya que si se hiciese, guardarían el aliento invertido en hablar del prójimo para no gastar dinero. Sería una excelente solución para quienes se ven afectados por las habladurías aunque creo que yo encontré la respuesta a dicho interrogante en un viejo adagio que les voy a contar después de este breve cuento que ilustra lo que digo.
El cuento habla de un yogui errante que había obtenido un gran progreso interior. Una vez alcanzado ese crecimiento, lo primero que hizo fue sentarse a la orilla de un camino y, de manera natural, entró en éxtasis.
Estaba en tan elevado estado de consciencia que se encontraba ausente de todo lo circundante. Poco después pasó por el lugar un ladrón y, al verlo, se dijo: “Este hombre, no me cabe duda, debe ser un ladrón que, tras haber pasado toda la noche robando, ahora se ha quedado dormido. Voy a irme a toda velocidad no vaya a ser que venga un policía a prenderle a él y también me coja a mí”. Y huyó corriendo.
No mucho después, fue un borracho el que pasó por el lugar. Iba dando tumbos y apenas podía tenerse en pie. Miró al hombre sentado al borde del camino y pensó: “Éste está realmente como una cuba. Ha bebido tanto que no puede ni moverse”. Y, tambaleándose, se alejó.
Por último, pasó un genuino buscador espiritual y, al contemplar al yogui, se sentó a su lado, se inclinó y besó sus pies.
Así como cada uno proyecta lo que lleva dentro, así el sabio reconoce al sabio.
Y el adagio que me sirve de consuelo cuando dicen que estoy loco, a contramano por el mundo o simplemente me observan como bicho raro, dice:
“El ladrón juzga por su condición”
(…perdón si molesto…)
