
El miedo es nuestro compañero de ruta en el día a día. Hay miedo en nuestras vidas desde el momento en que nos levantamos hasta el instante en que nos acostamos. Incluso mientras dormimos, nuestro compañero es el miedo, a tener malos sueños o hasta a no despertarnos del sueño que debería ser reparador y se convierte en condena diaria. Podríamos decir que todos, en mayor o menor medida, internalizamos al miedo dentro de nuestra cotidianeidad. Y eso no es crecimiento.
El miedo es un limitante considerable. Si Colon hubiese tenido miedo de sus propias ideas, hoy aún disfrutaríamos del paraíso virgen de tierras sin límites vestidos de desnudez y con la libertad como frontera. Si Jesús hubiese sucumbido a su propio miedo en el Huerto de los Olivos, hoy solo sería y con mucha suerte, nada más que un cuento en la historia interminable de los Profetas de este mundo. Y así, el miedo ha sido un tope en el crecimiento de muchos, pero también una gran diferencia en otros. Porque cuando se supera la barrera del miedo, se descubren Mundos como Colon o se los salva como Cristo.
Existe una gran diferencia entre sentir miedo y sucumbir a él. Todos sentimos miedo, es parte de nuestra naturaleza y de nuestra normalidad. Si no lo sintiéramos, caeríamos en el riesgo de la temeridad y ello induciría a muchísimos errores en nuestro accionar. El miedo, entonces, funciona en nosotros como una válvula de escape al exceso de seguridad, y como un “abogado del diablo” del alma, obligándonos a sentir diferente al exceso de optimismo, que, si bien es de optimismo, es un exceso y es perjudicial como todos.
Pero sucumbir al miedo es algo tan tonto como naufragar antes de salir del puerto. El miedo nos puede obligar a repensar una idea pero jamás a abdicar de la empresa. Nos puede forzar a revisar el derrotero pero nunca a desviarnos de nuestros objetivos. Y es que el miedo, como toda sensación, es un regalo del cielo, una cualidad en su dominio más que una esclavitud en su sensación.
Si nunca rompes un racimo de uva en el lagar, nunca tendrás un vaso de vino sobre tu mesa.
Si nunca te arriesgas a perder, nunca te das la oportunidad de ganar.
Si nunca afrontas la pena de partir, nunca conocerás la alegría del regreso.
Si nunca sufres muriéndote en la siembra, nunca te gozarás renacido en la cosecha.
Si nunca te dueles bajo el peso de tu culpa, nunca saborearás el alivio del perdón.
Si nunca mueles los granos de tu trigo, nunca conocerás el sabor del pan.
Si nunca afrontas el miedo de dejar de ser como eres, nunca descubrirás la alegría de ser como puedes ser.
Si nunca estás dispuesto a dejar todo lo que tienes, nunca sentirás que lo tienes libremente.
Si nunca estás dispuesto a morir por una causa, nunca sabrás para qué vives.
Si nunca encaras tu pena y dejas de reír para llorar, nunca conocerás la dicha del que deja de llorar para reír.
Si nunca te arriesgas a cruzar el río, nunca sabrás lo que te aguarda en la otra orilla.
Si no vencemos el miedo al dolor, al fracaso, al que dirán, a la desilusión o al sufrimiento, si no privilegiamos la acción a la inacción, nunca descubriremos en verdad, el camino a la felicidad.
Y nos merecemos ser felices. No le tengamos miedo a la felicidad.
(…perdón si molesto…)
