
La verdad no tiene sustitutos. Todos apreciamos con gran sabiduría a la sinceridad como uno de los valores que deseamos tener y que pedimos ostenten con nosotros. Requerimos que no nos mientan en ninguna ocasión, que nos regalen la verdad como moneda de cambio cotidiana… aunque a veces la verdad duela… o desde el fondo de nuestro corazón anhelemos una mentira como analgésico a la dolorosa realidad.
Decir la verdad es un arte reservado a pocos. Ya sea por consuetudinaria costumbre de mentir o por preciso hábito de decir verdades “sin anestesia” somos juzgados como mentirosos o desbocados, como hipócritas o locos. La verdad dicha de sopetón es tan dura como la mentira más dulce que la pueda ocultar a cambio. Y la preferencia que podamos tener individualmente por una u otra forma de vivir la vida, con verdades que duelan o mentiras que oculten las tristezas, son cuestiones inherentes a cada personalidad.
No voy a preguntarte de que lado del muro estás, si del de la verdad descarnada o el de la mentira que oculta. Ya te habrás puesto de uno de los dos lados, tanto de cómo eres con respecto a los demás o como quieres que los demás sean contigo en verdades y mentiras. Solo intento hoy rescatar el arte de decir la verdad como reivindicación a la manera coherente de vivir, al arte de transformar el aire en aliento, al homenaje de la manera de honrar la vida mas que vivir como decía Eladia Blazquez.
Una sabia y conocida anécdota árabe dice que en una ocasión, un Sultán soñó que había perdido todos los dientes.
Después de despertar, mandó a llamar a un Adivino para que interpretase su sueño.
- ¡Que desgracia Mi Señor! – exclamó el Adivino – Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.
- ¡Que insolencia! – gritó el Sultán enfurecido – ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa?, ¡¡¡Fuera de aquí!!!
Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos al Adivino.
Mas tarde ordenó que le trajesen a otro Adivino y le contó lo que había soñado.
Éste, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:
- ¡Excelso Señor!, gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobreviviréis a todos vuestros parientes.
Se Iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó le dieran cien monedas de oro al Adivino.
Cuando éste salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:
-¡No es posible!, la interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que la del primer Adivino.
No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.
-Recuerda bien amigo mío – respondió el segundo Adivino – que todo depende de la forma en el decir…, uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender el arte de comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra.
Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas.
La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado.
Perdón si a veces les digo la verdad de manera directa…
(…perdón si molesto…)
