
Se puede cuestionar indudablemente cualquier cosa en una relación. De hecho, el cuestionamiento responsable es la base de cualquier crecimiento. Se cuestionan los eventos que suceden en lo cotidiano, el evolucionar del dia a dia y actitudes, pensamientos o realidades. Pero cuando se cae en el problema de cuestionar a la persona en si, de dudar de la misma, de atacar su esencia dejando de hacerlo con la actitud que se desea corregir, se pierde de vista el bosque por centrarse en el árbol.
Cuantas veces no fuimos partícipes de discusiones donde, en lugar de combatir conceptos, se atacan a las personas con sus defectos, con sus carencias o con las suposiciones de la existencia de estos? Campea la injusticia y queda el regusto de la ausencia de argumentos válidos que desnudan las intenciones de las personas. Pero muchas veces no son malas intenciones sino falta de entrenamiento en cuestiones de la vida, problemas de, como le digo yo, “miopía del alma”.
Esa “miopía del alma” hace que veamos a todos con lo que creemos que son, y despreciemos en realidad lo que nos ofrecen. La vestimos de prejuicios, la embadurnamos de cuestiones y en realidad, colocamos a nuestros propios ojos una coraza de malas intenciones que nos impiden llegar a encontrar su brillo. Es, como siempre digo, el confundir a la vela con la luz. Uno enciende una vela para alumbrarse, no para ver como esta se consume. La luz es la verdadera razón por la que uno enciende la vela y esta se consume sin preocuparse de cómo queda y de lo que restará de ella al final de su labor.
No somos acaso injustos si criticamos a la vela sin ver su luz? No pensamos que hay muchas velas alrededor nuestro iluminándonos pese a que criticamos sus formas, colores e incluso la forma de quemarse?
Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo amaba mucho y todos los días jugaba alrededor de él. Trepaba al árbol hasta el tope y el le daba sombra. El amaba al árbol y el árbol amaba al niño.
Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.
Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste:
“¿Vienes a jugar conmigo?” pero el muchacho contestó “Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles. Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos”.
“Lo siento, dijo el árbol, pero no tengo dinero… Te sugiero que tomes todas mis manzanas y las vendas. De esta manera tú obtendrás el dinero para tus juguetes”.
El muchacho se sintió muy feliz. Tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste.
Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó:
“¿Vienes a jugar conmigo?”
“No tengo tiempo para jugar. Debo de trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos.
¿Puedes ayudarme?”…
” Lo siento, pero no tengo una casa, pero…tú puedes cortar mis ramas y construir tu casa”.
El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario. Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado.
“Vienes a jugar conmigo? le preguntó el árbol.
El hombre contestó:
“Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?”.
El árbol contestó:
“Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz”.
El hombre cortó el tronco y construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo.
Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo:
“Lo siento mucho, pero ya no tenga nada que darte ni siquiera manzanas”.
El hombre replicó:
“No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar…Por ahora ya estoy viejo”.
Entonces el árbol con lágrimas en sus ojos le dijo,
“Realmente no puedo darte nada…. la única cosa que me queda son mis raíces muertas”.
Y el hombre contestó:
“Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar.
Estoy tan cansado después de tantos años”.
“Bueno,las viejas raíces de un árbol, son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven siéntate conmigo y descansa”.
El hombre se sentó junto al árbol y este feliz y contento sonrió con lágrimas.
La próxima vez que veamos un árbol cortado o una vela derretida, pensemos que simboliza a ese amigo que se consumió en pos de nosotros, creyendo que nos importaba su luz o su sombra, sus ramas, sus frutos o sus raíces. Pero dándonos todo perdiendo hasta su esencia, sin pedir nada a cambio.
Corrijamos nuestra miopía de alma.
(…perdón si molesto…)